Rodeas mi cuello y a la vez rozas mi pecho, bajas en línea recta queriendo llegar a mi punto débil, pero ya te digo que no te hace falta.
Podrías ahogarme si quisieras, arrebatarme la vida con un simple gesto, y yo podría dejar que lo hicieras porque a veces ni pienso. Y cuando lo hago ya es demasiado tarde.
Pero mientras, antes de que todo eso pase, te dejo ahí, quiero que me acompañes en esta noche de pensar, cuando estoy apunto de dormirme, mientras sueño sueños que me delatan y despierto en el sofá con ganas de no dormir pero sí con sueño.
Así que me voy a la cama pese al miedo que ya es rutinario, y cuando abro los ojos veo que no te has ido, que no has sido parte del sueño. Y haces que sonría.
No te despegas de mi, ni de mi cuello, ni de mi pecho. Y eso no me disgusta.
Te conozco tan sólo desde hace unas horas, y te mentiría si te dijera que no te he cogido cariño.
Me ves frente al ordenador, subiendo fotografías mientras voy recordando la noche, hoy me apetece cantar, y quiero que me escuches, así que lo haces sin rechistar, y tu compañía me inspira, ahora ya sabes que me gusta cantar.
No sé por qué, pero me has hecho pensar, estoy sensible por tu culpa.
Eso sí, nadie me ha preguntado por ti.
(Borré el contenido de la entrada porque me sentía demasiado imbécil, pero lo vuelvo a colgar porque me encanta el texto, aunque ya quede muy lejos).
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