martes, 14 de abril de 2009

ganas de escribir

Cada día que volvía a su casa, siempre a la misma altura, antes de cruzar hacia su portal miraba los coches, espera encontrarlo allí, escuchando a todo volumen su música, esa que ella siempre localizaba, y detectaba, lo intuía.

Soñaba con ese momento, en el que él le había estado esperando durante un buen rato a que ella llegara, después de meses, para simplemente escucharla. Y llegó, un día tras haber salido con sus amigas o con quien fuere iba escuchando música, llegó a la altura y volvió a imaginárselo, era inevitable, pero entonces alzó la vista mientras escuchaba un coche a todo volumen, era imposible, estaba soñando, se acercó muy lentamente observándole, él ni se había percatado de ella y ella tampoco de que le caían lágrimas mientras se acercaba al coche.


Se quedó fuera esperando que él dejara de mirar al vacio, ella se pregunto qué hacía, por qué hoy y por qué esa mirada, cuando se dio cuenta cambió la cara como si tratara de ocultar que no estaba bien, y le abrió la puerta.

-Entra.



Ella seguía llorando pero ahora sonreía, hacía tiempo que no se encontraba con esa sensación de comodidad, de felicidad, ese adjetivo que no era definible por ninguna palabra, era más fácil mirarla a los ojos.


Se sentó, respiró profundamente mientras olía el característico olor, hipnotizable y capaz de sumergirla durante minutos y minutos, pero de repente habló.


Escuchó la pregunta que quería, el inicio que ella esperaba para poder abrirse y contar lo que había estado esperando durante casi dos años.


Habló y habló, bajo su atenta mirada, se vaciaba lentamente pero era algo efectivo, era algo que sabía de siempre, le costó volver a repetir cosas, con lo que odiaba eso, la intensidad con la que las lágrimas se derramaban era cada vez más mayor, hasta el punto de tener que parar de hablar, era comprensible después de tanto tiempo recogiendo y tragando.


Tras el discurso, sonrió y lloró de felicidad, por fín lo había conseguido, había merecido la pena tantos días en casa, tantas meditaciones, tantas reflexiones, aunque le quedaba una espina, el abrazo, antes de pensarlo ya estaban cayendo las últimas lágrimas que derramaría, ahora en su hombro, mientras le apretaba con las fuerzas que ahí no tenía, "gracias".


Y ese fue el fín, pero también el principio de esa amistad ya creada, (pero éste era el principio de verdad).







Lástima que sólo ocurra en mi cabeza



Cursi.



Nanitum

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